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Default Ceriñola, la consagración del Gran Capitán.


El Gran Capitán en Ceriñola ante el duque de Nemours, en la versión de Federico Madrazo, 1835(Madrid, Museo del Prado)

Ceriñola, la consagración del Gran Capitán




El 28 de Abril de 1503, las tropas francesas de Luis d’Armagnac, duque de Nemours, se enfrentaron con las tropas españolas e italianas de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, en la localidad de Ceriñola, en la región de Abulia. Tanto Luis como Gonzalo habían descubierto recientemente, y con sorpresa, las nuevas directrices de la política internacional desplegadas por sus soberanos respectivos, Luis XI por parte de Francia y Fernando el Católico por parte de España. Tras varios meses de escaramuzas y de un robusto asedio a la ciudad de Barleta en el Adriático, se les ocurrió que no estaría mal resolver la supremacía militar en Italia en una batalla campal, como había ocurrido durante los últimos 300 años. Las imágenes del pasado hicieron su aparición en ambos jefes militares, reclamando el derecho a encarnar el significado de la victoria. La memoria como instrumento de legitimación del poder político.

La batalla no es la guerra, podría decirse que más bien lo contrario: es una interrupción de las operaciones cotidianas para dar entrada a un elemento festivo, un ritual, donde se dirime la superioridad de un ejército sobre el contrario. Siempre había ocurrido así, desde Las Navas de Tolosa (1212) y Bouvines (1214) hasta Azincourt (1415) y Nancy (1477). Las batallas mostraban la parte más cruenta, pero también más aleatoria, de la guerra, entendida entonces como una dimensión más de la política, según argumentaría pocos años más tarde el secretario florentino Nicolás Maquiavelo (1469-1527) en su obra El Príncipe, anticipándose varios siglos al famoso dictum del general prusiano Carl von Clausewitz. ¿Cómo competir con los héroes de la Historia en aquella geografía que había visto la victoria de Aníbal en Cannas contra los generales romanos Emilio Paulo y Claudio Varrón? ¿Cómo inventar una estrategia más brillante, más osada o más imaginativa, que las precedentes?

Dos personajes contrapuestos

El duque de Nemours y el Gran Capitán eran individuos totalmente diferentes entre sí. Se podría decir que uno representaba el espíritu de la vieja aristocracia francesa, necesitada de gestos que le elevaran al parnaso de los grandes vencedores militares, incluido el mariscal Boucicaut, derrotado en Nicópolis por los turcos, pero cuya fama creció al tiempo que se difundió su biografía como general y gobernador de Génova. El Gran Capitán, por el contrario, representaba al hombre educado en los valores de la caballería andante del siglo XV, convencido del deber a la patria que Diego de Valera y Francisco Chacón le habían imbuido en su juventud, que formaba parte de un restringido y selecto grupo de capitanes al servicio del Estado dinástico estructurado por los Reyes Católicos y que habían dado muestras de su capacidad y valor en la guerra contra el reino musulmán de Granada (1482-1492). El enfrentamiento entre ambos en los campos de Ceriñola significaba la confrontación de dos concepciones del arte de la guerra e incluso de dos visiones del mundo.

Como casi siempre ha ocurrido a lo largo de la Historia, al plantear la batalla se impuso la actitud arrogante del duque de Nemours frente a la postura ponderada del capitán andaluz. Las tropas se habían colocado en posición de ataque. Una vez más, el Gran Capitán se jugaba todo su prestigio, y su honor, en una jornada. Con ese año, llevaba ocho haciéndolo en Italia, con mejor o peor fortuna.

Gonzalo Fernández de Córdoba atisbó por primera vez el laberinto italiano en la primavera de 1495. Acudía al frente de un pequeño contingente de tropas para defender el Faro, es decir, la ruta de acceso al reino de Sicilia desde el continente, desde las playas de Calabria. Los despachos de los Reyes Católicos no dejaban la menor duda de que ese era el objetivo de la misión. Pero él la transformó por dos motivos. Primero, por influencia de Juana de Aragón, la reina de Nápoles, viuda de Ferrante el Viejo, que le mostró un camino diferente, más acorde con la vida política napolitana de aquel entonces. En segundo lugar, su propio instinto de hombre de acción, sutil, pero juicioso, que atisbó una inmejorable oportunidad para su carrera personal si era capaz de solventar con elegancia el embrollo provocado en Italia por la invasión arrogante del rey Carlos VIII de Francia, que se creía la encarnación del gran Alejandro Magno. Esa hybris le condujo en rauda cabalgada desde Milán hasta Nápoles, conquistando importantes reinos, sin disparar un solo tiro con sus modernos cañones de campaña, a los que un miniaturista dibujó como un elemento fundamental del ejército moderno. Esos mismo cañones que Gonzalo observó con inquietud cuando se asomó a las fortificaciones francesas de Calabria, a las que necesitaba someter si quería intervenir en el Reino de Nápoles a favor de la causa de Juana de Aragón, de su hijo Fernandino y de los demás miembros de la casa real aragonesa, emparentados con Fernando el Católico. Creía actuar así en beneficio de una vieja aspiración de los Trastámara, y no dudó en utilizar toda su capacidad política y militar para enderezar ese problema.

El primer encuentro serio con los franceses tuvo lugar el 21 de junio de 1495 en Seminara, donde el general escocés Robert Stuart, señor D’Aubigny, venció a las tropas españolas aunque Gonzalo no las mandaba, al estar en ese momento tratando de organizar el territorio y reparar las fortificaciones calabresas. La ocupación de la ciudad de Nápoles supuso el momentáneo abandono de Italia por el rey francés Carlos VIII, que se dirigió a toda prisa a su país, no sin antes sortear con un poco de suerte el ataque de un importante ejército en la localidad milanesa de Fornovo (6 de julio de 1495).

La base de los Tercios

Mientras tanto, el Gran Capitán sacaba sus propias conclusiones sobre esa primera campaña napolitana, llena de éxitos, pero no tantos como él hubiera deseado. En las tierras de Calabria tomó una serie de decisiones que transformarían para siempre el orden táctico y moral de combate del ejército español, dando lugar a las famosas “coronelías”, una forma de organizar las columnas al mando de un coronel, que sería el punto de partida de los futuros Tercios, la mejor tropa de infantería de todos los tiempos. La profesionalización que acompañó a estas medidas tácticas no pasó desapercibida para nadie. El rey Fernando receló de sus decisiones, al cargar sobre el erario público un elevado gasto en temas militares; mientras tanto el papa Alejandro VI reconoció al hombre que podía ayudarle a organizar Italia.

En Febrero de 1497, el Papa llamó a Gonzalo a Córdoba, con el fin de que le ayudase a tomar el castillo de Ostia, una pieza magistral de la defensa militar, en manos de un recio vasco llamado Menoldo Guerra, al servicio del rey de Francia. Por la rapidez y eficacia de su actuación –el castillo se rindió en un par de días- recibió de Alejandro VI la Rosa de la Plata y , con ella, el agradecimiento de todo el orbe católico. Gonzalo estaba en la cresta de la ola y nada parecía impedirle disfrutar de las mieles del triunfo. No fue así. Los Reyes Católicos reclamaron su presencia en España y le sometieron a una severa inspección de la Hacienda, llevada a cabo por Morales, que reconoció tras una minuciosa contabilidad que “las cuentas del Gran Capitán” eran correctas y no se había desviado las más mínimas sumas en beneficio propio o de sus capitanes. Se gastó lo que la campaña requirió. El premio a tan esplendidos servicios fue una especie de dorado exilio en sus propiedades de Granada, donde quizá tuvo la sensación de que el gran mundo se había acabado para él. Pero eso fue una impresión equivocada. Al cabo de unos meses, el peligro turco se acrecentó en el Adriático, y Gonzalo fue propuesto por el dogo de Venecia para encabezar una expedición de castigo en la isla de Cefalonia. Gonzalo se resistió a la petición de los Reyes Católicos para que aceptara el encargo. Quería asegurarse el éxito de la campaña, y exigió ser capitán general de las tropas de tierra y al mismo tiempo Almirante de la Armada. Su posición le hizo ser exigente, y el éxito ulterior en Cefalonia mostró el acierto de haberle encargado el mando de aquellas tropas que detuvieron a los turcos durante casi un siglo a las puertas del Adriático. Esa misma batalla volvería a librarse setenta años más tarde, con Don Juan de Austria como capitán de la Armada, en el istmo de Lepanto

Freno al rey de Francia

El éxito de Cefalonia provocó otro encargo por parte de los Reyes Católicos. El nuevo rey de Francia, Luis XI, mostraba una inclinación por el control de Italia semejante, o quizás mayor, a su antecesor en el trono Carlos VIII. Tras la fallida paz secreta de Granada, Fernando el Católico se percató de que solo el Gran Capitán podría hacer frente una vez más a un contingente de tropas tan pertrechado como el que el rey había enviado a Nápoles.

En Ceriñola estaba en juego la política de los Reyes Católicos de un equilibrio internacional basado en el aislamiento político internacional de Francia. Los acuerdos diplomáticos con Inglaterra, Flandes, Borgoña y el Imperio Alemán habían sido ratificados, según la costumbre, con un intercambio matrimonial que condujo a Catalina de Aragón a Inglaterra, donde contrajo matrimonio con el príncipe de Gales, Arturo (y, tras su fallecimiento, con Enrique VIII); y a Juana a Borgoña, para casarse con Felipe, el primogénito de María de Borgoña y Maximiliano de Austria.

Todo ese andamiaje dependía del éxito, o del fracaso de la jornada de Ceriñola. Y Luis XI era consciente de ello, quizá más que Fernando el Católico, por lo que facilitó la tarea al duque de Nemours. Mandando las mejores tropas, la mejor artillería y, sin duda, la mejor caballería pesada, de esa que aún presidía los choques frontales y que podía perfectamente decidir una batalla. Gonzalo tenía a su favor solamente su propio talento, la capacidad de seducir a su gente, a sus amigos italianos y a sus colaboradores cercanos, sus capitanes. ¿Sería suficiente para vencer al potentísimo ejército de Luis d’Armagnac que le había salido al paso en Ceriñola?

A cara descubierta

La ladera cubierta de viñedos estaba ocupada por las tropas de Gonzalo en posición de combate: en el centro, los lansquenetes bávaros y la infantería española al mando de Paredes y Pizarro, padre del futuro conquistador de Perú. Un poco más retrasados, en las alas, se encontraban los hombres de armas al mando de Próspero de Colonna y Diego de Mendoza. Detrás, la artillería con Pedro Navarro. Y en un extremo, a la retaguardia, la caballería ligera de Fabricio Colonna y de Pedro de Pas. En el centro de todo este dispositivo táctico, sobre un pequeño promontorio, se situó Gonzalo, vestido con sus armas y la cara descubierta, para queja de sus allegados. Los hombres estaban sudorosos y cansados. La marcha por la ribera del río Ofanto había sido agotadora. Se disponían a descansar, pues el día estaba avanzado, y no parecía prudente comenzar la batalla al caer la tarde.

El duque de Nemours no pensaba así. Miró el campo con unos ojos diferentes. Degustaba el ocaso, le nuit tres obscure, como en el verso de Pernette du Guillet. Pálido, muy alto, envuelto en su arnés milanés, era la viva imagen de alguien que no se preocupa nunca por la opinión de los demás, pese a que el rey de armas Godebeyte le empujaba a presentar batalla. Louis D’Ars, convencido de la necesidad de aplazarla, montó en cólera. El orden de las tropas francesas tampoco se discutió. En vanguardia se colocaron los hombres de armas al frente de los cuales se situó en propio Nemours, junto a D’Ars. Detrás, la infantería suiza y gascona al mando de Chandieu; en retaguardia, la caballería ligera comandada por Yves d’Allegre.

Todo parecía indicar que Nemours ordenaría la carga de la caballería pesada contra las posiciones españolas. No le importaba el escenario. Había soñado con hacer una cosa así desde el mismo día que pisó el Reino de Nápoles y ahora tenía esa oportunidad a riesgo de morir. La audacia, siempre la audacia, como diría siglos más tarde Federico II, rey de Prusia. No tenía dudas. Atacó de frente. ¿Qué pasaría cuando llegaran a las empalizadas construidas con esmero por las tropas de Gonzalo? ¿Empalizadas? ¿Qué significaba eso contra la doulce passion de la carga? Tampoco miró hacia las filas de espingarderos que tenía frente a él. ¿Fuego, qué importancia tenía ante un cueur contoit come un decir infiny?

De repente, una salva de cañones rompió los pensamientos del francés. La batalla iba a tener lugar al caer la tarde, buscando la noche, como él quería. Gonzalo quedó perplejo. No había tiempo para lecciones. La batalla, a diferencia de la guerra, es una suspensión del tiempo, un refoulement de la cotidianidad. Nemours había ordenado la carga. No había más que decir. Pocos minutos y aquellos magníficos hombres de armas quedaron atrapados en los fosos, acribillados por las espingardas, atravesados por las picas, muertos. Poco después comenzó la desbandada. Gonzalo dejó su promontorio y avanzó a sus hombres de armas más allá de sus fosos. Trescientos hombres atacando. Sólo trescientos. Y son muchos. El ruido era atroz. También a sangre. Una carnicería. En apenas unos minutos, más de tras mil muertos franceses quedaron en el campo de batalla.

Cuerpos destrozados

Victoria o derrota, es igual. Lo que de verdad cuenta es lo que está en medio de ambas, es decir, la destrucción, la muerte, la sangre, los cuerpos rotos por la artillería o las espingardas, los caballos relinchando de dolor, al sentir en sus barrigas las picas de los lanceros. En el campo reina la confusión, como podemos ver en cualquier pintura de aquel tiempo. La trilogía de la guerra: orgullo, lujuria, muerte. Reina también el miedo en unos, la agitación en otros. Aquella tarde en los viñedos de Ceriñola, el duque de Nemours encontró lo que llevaba buscando en los últimos dos años: Ce mourir que engendre une autre vie.

Gonzalo, en medio de la masacre, contempla el triunfo de sus hombres y la derrota de los franceses. Pregunta por Nemours, su enemigo, cuya suerte aún no conoce. De repente, se fija en un criado con un vestido que reconoce, deslealmente robado del cadáver del duque. Se enfurece; luego, exige ser llevado junto al cuerpo de Nemours, a quien encuentra en el campo completamente desnudo, con una teja tapándole sus partes.

Desde la Batalla de Ceriñola, Gonzalo observó el mundo desde una perspectiva diferente. La conquista de Nápoles no se hizo esperar. La población aclamó de nuevo al Gran Capitán. Sin embargo, ¿cuál fue el temor de Gonzalo después de la batalla?

Temió la reacción de Luis XII y la poca consistencia de Fernando ante los graves problemas. La noche de su célebre victoria, mientras Paredes y los Colonna cenaban en la tienda del difunto Nemours, que tanto le había humillado en los meses anteriores, el Gran Capitán comenzó a pensar el modo de controlar todo el territorio. A las pocas semanas y una vez decidido el destino de la ciudad de Nápoles, llegó el cartero con el correo: cartas cifradas de los embajadores en Roma y Venecia, informes sobre la llegada de un impresionante ejército francés, cuestiones de los pagos a los soldados. Pero había también un informe de Rojas sobre la salud del Papa, donde intercalaba algunas observaciones sobre el comportamiento de César Borgia. La lectura de todos esos informes, despachos y cartas sumió a Gonzalo en un estado de melancolía, como pocas veces se había visto hasta ese momento. Se acercaba su cincuenta aniversario y todo parecía suspendido una vez más.

Garellano: sangre, sudor y lodo

Los ejércitos de Luis XII avanzaban una vez más hacia Nápoles, en esta ocasión al mando de Louis de Tremoïlle, mientras que en Roma agonizaba el Papa Alejandro VI, víctima de la malaria. El 18 de Agosto, llegó el fatal momento, casi al mismo tiempo quegonzalo fortificaba la región. Abandonó Mola y Castellone y se retiró al otro lado del río Garellano, situando su cuartel general en San Germano. Eso le obligó a controlar las tres fortalezas que defienden el río Rocaseca, Aquino y Montecassino. El choque se hacía esperar, pero era inevitable.

Una larga campaña

Lo que se ha dado a denominar la Batalla de Garellano fue en realidad la larga y pesada campaña del otoño-invierno de 1503. El renovado ejército francés, con más de 5.000 suizos y un tren de artillería como nunca antes se viera, se había desplegado sobre aquel fondo de fortalezas duramente defendidas por las tropas españolas. Lo mandaba Giovanni Franceso Gonzaga, marqués de Mantua, al haber enfermado Louis de la Tremoïlle. Era un cambio importante, Gonzalo tenía antes sus ojos al hombre que, años atrás, se había enfrentado a Carlos VIII en la llanura de Fornovo, y lo tenía al frente de un ejército moderno, bien pertrechado y convencido de su superioridad. Más adelante, los cronistas franceses insistirían en el hermosísimo despliegue táctico del marqués de Mantua, una obra maestra de exaltación patriótica.

Gonzalo siempre apegado a la realidad y lejos de esas efusiones sentimentales, llegó muy cansado al Garellano, sabiendo que tendría que pasar allí el crudo otoño de aquella zona: lluvioso y frío, a veces hasta lo desagradable. Inquietos por su actitud defensiva o por sus respuestas demasiado prudentes –en contadas ocasiones se atrevía a cruzar el río hacia la zona francesa-, sus colaboradores más próximos, incluido Próspero Colonna, que mandaba la caballería ligera, hicieron el esfuerzo de seguirle en sus constantes movimientos desde Roccasecca, Montecassino y Aquino hasta Sessa, mientras Gonzaga se fortificaba en Pontecorvo, Roca Guillermo y Castelforte; y todo ello a traves de infranqueables barrizales, poniendo a prueba el valor y la disciplina de unos hombres ateridos por el frío y la humedad. Todo estrategia, todo planificación, nada de espectáculo caballeresco, sólo calculados movimientos para obtener un triunfo con el menor número de bajas posible.
No debe sorprender que Gonzaga, poco avezado a sea táctica, se viera desbordado y decidiera dejar el mando en manos del marqués de Saluzzo.

Gonzalo, para quien el éxito, la carrera militar e incluso el triunfo en la batalla no constituían una meta o, por lo menos, su meta propia, era de esa clase de hombres excepcionales que buscan hacer su trabajo de la mejor manera posible, y esa consistía en conducir a sus hombres sanos y salvos de regreso a Nápoles. Las semanas, corriendo de un lado a otro del Garellano, estaba dando el resultado apetecido. El marqués de Saluzzo estaba cada vez más confuso y Gonzalo contaba con un nuevo aliado, Bartolomeo de Alviano, jefe de la familia Orsini.

En la noche del 27 de diciembre, las tropas cruzan el Garellano. A Bartolomeo de Alviano le envía al norte, a Suio, mientras que Fernando de Andrade lo manda al sur, directamente a Traietto. El grueso del ejército atravesaría el río con él. Se ha discutido mucho si el marqués de Saluzzo se dio cuenta alguna vez de la estrategia ideada por Gonzalo; si el marqués hubiera podido prever que el ataque de Alviano era simplemente una estrategia, las cosas hubiesen sido diferentes. Pero nunca lo tuvo claro. El nerviosismo de su gente embarcando a toda prisa los cañones para la defensa de Gaeta –muchos fueron a parar al fondo del río y los demás, a manos de los españoles-, mostraba que el ataque les había cogido por sorpresa. Aún así, Gonzalo pasó un momento de verdadero peligro cuando Próspero Colonna fue rechazado y él tuvo que dirigir personalmente a los lansquenetes bávaros hasta que llegó Bartolomeo de Alviano con la infantería desplegada. El éxito fue total. Unos días después se rendía Gaeta y con ello se ponía fin a la presencia francesa en Nápoles.

Eso es lo que ocurrió en el Garellano, que no fue una batalla en el sentido clásico de la palabra, aunque en su ejecución se observan muchos rasgos de los que fueron las batallas de las guerras modernas. Gonzalo se adelantó a su tiempo y por eso mismo venció en aquellas largas jornadas de sangre, sudor y lodo.

El error del Rey Católico

El gobierno del Gran Capitán en Nápoles coincidió con la época de la recuperación de la virtú nacional italiana y enseguida con los valores que los historiadores del arte llaman el Renacimiento, enfrentados en parte con la cultura del Gótico tardío, procedente en su mayor parte de Flandes, donde se desarrollaba un esquema estético diferente que era al mismo tiempo una concepción del mundo. La situación en Nápoles era difícil. Aislado en el corazón de una Italia fuertemente republicana, y de intereses mercantiles, donde había sido fácil el ascenso de banqueros al poder político, rodeada de ambiciosos y gigantescos vecinos, el Imperio Alemán y el Imperio Turco –cada vez más, frente a frente en los Balcanes-, el Reino de Nápoles era la llave para que España pudiera entrar en la alta política internacional con su propio rostro y no al servicio del Imperio, como al fin y a la postre sucedió. ¿Se había creado un sólido Estado dinástico en España, fomentando la unión de sus diversos reinos para convertirse en una mera provincia de la red política creada por los Habsburgo?

La posibilidad de una política estrictamente española en Italia se frustró cuando nadie hizo caso a las llamadas de atención del Gran Capitán mientras combatía a las tropas francesas en la difícil campaña del río Garellano. Gonzalo proponía una unidad de intereses “españoles”, que era tanto como decir castellanos, aragoneses, catalanes, etc...para adelantarse al impulso de un Imperio transnacional y oponerse así al creciente poder de los Habsburgo en Europa. La victoria sobre los franceses en Garellano en el invierno de 1504 le abrió a los Reyes Católicos la posibilidad de entrar en los grandes asuntos de la política internacional, de entenderse con Génova y Venecia y abrirse paso hacia el norte, hacia la Lombardía de los Visconti y hacia el Tirol y desde allí presionar a los Habsburgo. Pero las rencillas internas, el desencuentro de Felipe con sus suegros, y la tendencia a manipular los sentimientos de la reina Juana, terminaron primero con la salud y la vida de Isabel la Católica y, más tarde, con una serie de decisiones graves de Fernando el Católico, que comenzaron por la destitución del Gran Capitán de su cargo.

Desde su retiro obligatorio en Loja, Gonzalo comprendió el error de sea política que el rey dejó en manos del duque de Cardona, torpe en las mesas de negociación y más aún en los campos de batalla. Todo lo que él había ganado con su esfuerzo e inteligencia, se malogró en una sola jornada, cuando las tropas españolas del duque de Cardona fueron derrotadas sin paliativos en la Batalla de Rabean. Fernando el Católico se desentendió de Italia mientras se volcaba en la conquista de Navarra. La Historia entonces se le echó encima. La muerte de Gonzalo y, unos años después, la de su primo, el rey, provocaron un cambio radical en Italia. No será España quien la lleve a cabo, sino el Imperio Habsburgo con el apoyo financiero y militar de Castilla, tras ser derrotadas las voces díscolas en la revuelta comunera.
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Las moléculas se deshacen... otras se forman... un proceso formidable, de fisión, combustión, reconstrucción, combustión corpuscular al término del cual aparecen productos de síntesis de carácter inédito.
Pues bien, en eso estamos, Europa "mutatis mutandis", está en este punto. No regresa, inventa. No rumia, improvisa. No repite fórmulas antiguas: las quema, las hace astillas y de sus fragmentos combinados, hace de ellos nuevos productos nunca antes conocidos.
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