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Default ¿Qué significa hoy ser de izquierdas?

¿Qué significa hoy ser de izquierdas? (I)



copyrigth©adecaf 2006

Todas las bajezas en que se mueve fatalmente la vida de los desclasados procedentes de las capas superiores son proclamadas como virtudes ultrarrevolucionarias. (…) La lucha económica y política de los obreros por su emancipación se sustituye por las acciones pandestructivas de la carne de presidio, última encarnación de la revolución…
K. Marx (1873)


Todos tenemos una noción más o menos difusa de lo que debería significar ser de izquierdas: creer en el poder de la razón y en la voluntad de transformar la sociedad desde la normativa que emana del espíritu, el pensamiento y la Ilustración; apostar por la luz intelectual que se proyecta sobre las zonas opacas de opresión social y las obliga a cambiar por el simple hecho de haberlas arrancado al ocultamiento y, por ende, de la impunidad. Etcétera.

Pero la izquierda actual poco o nada tiene que ver con esta metáfora de la transparencia, sino más bien con su contraria. Por lo que se puede comprobar tras una simple intervención en los foros considerados más progresistas y radicales, hablar de racionalidad crítica, iluminismo, lógica o intelectualidad a propósito de esa gente, es una broma pesada.

Antes de enfrascarnos en la abstracción de un modelo normativo del “ser de izquierdas” –aunque esta sea en definitiva nuestra estación de llegada-, conviene que hagamos primero un viaje al mundo de los hechos. No otra es la mejor manera de curarse de la ingenuidad filosófica.

¿Qué significa, por tanto, ser de izquierdas hoy? Empecemos por la izquierda radical anarquista, híbrido monstruoso de contracultura drogodependiente, contorsión transgresivo-sexual y culto estético de la violencia terrorista.

La patética realidad cotidiana del izquierdismo radical

A diferencia de América, donde la contracultura ha surgido de la tradición individualista de este país (con unas concomitancias entre el anarquismo y el ultraliberalismo libertariano derechista muy dignas de análisis), en Europa el movimiento en cuestión es una mezcla confusa de individualismo hedonista, anarquismo transgresivo y marxismo-leninismo totalitario. Pertenecer a este ámbito social significa, ante todo y en primerísimo lugar, identificarse con una especie de “tribu” que se distingue: 1) por el atuendo, la música y otros productos (drogas incluidas), los cuales uno compra, luce, escucha y fuma, esnifa o se chuta como ritual de negación de la sociedad burguesa; 2) por un conjunto de tópicos y consignas, la más importante el odio a una determinada imagen teológico-secularizada denominada fascismo (el infierno: Auschwitz); 3) por unas pautas de conducta, que implican, entre otras cosas, saber identificar al otro como miembro de la comuna o ente ajeno a ella; 4) por el apoyo a y la práctica de la violencia contra “los otros”, estigmatizados y criminalizados como “fascistas”; 5) por la negación de las normas en cuanto tales, en el contexto de una cultura de la transgresión que cuestiona la totalidad de las instituciones sociales, incluida la ciencia y la racionalidad.

La caracterización de la izquierda contracultural europea como “tribu” no es ninguna caricatura, sino una rigurosa constatación de su defensa pseudo ecológica del primitivismo y de su rechazo a la civilización occidental (que Marx siempre había reivindicado). Este esquema naturaleza/civilización tiene tanto de tribal como de maniqueo. Así, si uno pertenece a la comuna, será objeto de encomio haga lo que haga; si no, aunque pueda acreditar, por ejemplo, la más intensa devoción por la verdad y la justicia, terminará expulsado a la periferia exterior de los seres carentes de derechos (los presuntos “fascistas”). Por ejemplo, en formando parte del grupo comunal, un terrorista asesino de niños será admirable. Pero un funcionario de prisiones comprometido con los derechos humanos de los reclusos, e independientemente de sus actuaciones concretas, nunca dejará de ser un “fascista” merecedor del paseíllo.

La categoría marxiana de alienación

La contracultura nace en Europa y Estados Unidos de forma simultánea a lo largo de la década de los años 60 y culmina con los hechos de mayo del 68. En realidad, supone el fin del socialismo como proyecto de racionalización occidental y el triunfo de los elementos simbólicos inherentes a la izquierda profética cristiano-secularizada, los cuales en la ideología socialista quedaban desplazados como meta y final de la historia (supresión del Estado) en unos términos utópicos que, sin embargo, regían como valores últimos de todas las formaciones y movimientos izquierdistas (socialistas, comunistas y anarcosindicalistas).

La conversión de la izquierda toda a un anarquismo lúdico y estético coincide con el auge de la sociedad de consumo occidental y se limita a radicalizar los valores hedonistas de la profecía pseudo religiosa convirtiéndolos en núcleo de una anticultura de la transgresión basada en la negación de las normas en tanto que normas y, por ende, en el rechazo de la razón como estructura preceptiva del pensar, del hablar y del actuar. Este planteamiento desemboca en una proliferación discursiva (los célebres “movimientos sociales”) apolítica y anti todo que se concreta en propuestas de supresión de las instituciones, empezando, de acuerdo con el canon clásico, por el ejército y la propiedad privada, pero sin detenerse ya ante la escuela, la prisión, la institución psiquiátrica, la familia, etcétera. En definitiva, es la civilización misma lo que se quiere subvertir. Los locos y los delincuentes sustituyen al proletariado como sujeto de la revolución.

Así, cuando la contracultura habla de fascismo –del mal absoluto- no se refiere al nazismo, o no sólo, sino a cualquier persona, grupo o entidad que, a sus ojos, encarne las instituciones de la civilización europeo-occidental en la dimensión de racionalidad, es decir, cualquier pauta de actuación individual o colectiva basada en valores no hedonistas (por ejemplo, el heroísmo, la ciencia, la cultura, etcétera).

El paraíso hedonista se realiza presuntamente aquí y ahora mediante las drogas y la transgresión sexual (que incluye la apología de la pederastia por parte de ideólogos de mayo del 68 como el judío Cohn-Bendit). La sociedad de consumo es rechazada no por sus valores, sino porque hay que trabajar y someterse a una disciplina institucional y racional para obtener el placer. Los neo-izquierdistas contraculturales reconocen en la sociedad de consumo un subproducto de su sistema de valores, pero a todas luces insuficiente. Rechazan la sociedad de producción que la hace posible en tanto que se fundamenta en valores diametralmente opuestos a la comuna profético-utópica. Frente a este constante aplazamiento del orgasmo histórico colectivo, el reino de Dios en la tierra, los radicales “exigen” el inmediato retorno a la naturaleza. Circunstancia que no les impide dar su apoyo a prácticas totalitarias y terroristas como el maoísmo, cuya tierra prometida desembocará en el infierno genocida camboyano de Pol Pot o en la revolución cultural china, con decenas de millones de muertos.

Lejos de conducir al anhelado “paraíso”, los efectos de la contracultura no han sido otros que: 1/ la tolerancia de la ciudadanía ante la corrupción de la clase política, aceptada como válida desde una ideología de la transgresión normativa (recordemos las imágenes periodísticas del socialista Roldán, director general de la guardia civil, esnifando coca rodeado de putas); 2/ el aumento galopante de la delincuencia ligada al tráfico y consumo de drogas, que abarrota las prisiones desde los años 70 y no ha dejado de crecer hasta la actualidad; 3/ el auge de delitos ligados a la sexualidad, entre ellos la pederastia; 4/ la incorporación a la sociedad de consumo de todos los productos y usos vinculados a la contracultura, que deviene en una moda y un negocio de singular hipocresía; 5/ la renuncia al proyecto político socialista de transformación de la sociedad y la subsiguiente reducción del izquierdismo radical real a mera masturbación narcisista de un “yo” hinchado de soberbia; 6/ la transformación del reformismo democrático de izquierdas (socialdemocracia, laborismo, etcétera) en una fachada simbólica para imponer con mayor efectividad las políticas neoliberales de mercado en el marco del individualismo hedonista, que los izquierdistas ácratas de lujo (la famosa gauche divine) comparten con la burguesía; 7/ la kafkiana metamorfosis de la política, allí donde esta pauta de conducta sobrevive dentro de la izquierda radical, en acción terrorista, normalmente compatible con el consumo de drogas y un modus vivendi delincuencial legitimado desde la misma estética transgresiva nihilista que, en negando todas las normas, ha negado también los derechos humanos, la inhibición de la violencia y la prohibición de matar.

Evidentemente, no pretendo agotar el tema con esta brevísima descripción del factum brutum sociológico de la izquierda radical real, sólo me interesa subrayar que el radicalismo de izquierdas, desde el punto de vista de su realidad objetiva, representa un fenómeno social cosificado, antes que un proyecto político.

Por este motivo hay que medir el alcance del término contracultura, la cual se limita a enervar hasta el paroxismo los valores religioso-secularizados de la sociedad de consumo, renunciando a la reforma de unas instituciones que ya simplemente pretende suprimir. La contracultura marca un repliegue hacia la vida privada y la búsqueda individual o grupal de la felicidad, frente a los intentos de transformar la sociedad (el totalitarismo comunista primero y la sociedad de consumo socialdemócrata después) que la habían precedido.

En definitiva, allí donde antes regía la metáfora de la transparencia y de la luz (iluminismo), esto es, de la razón crítica embarcada en la historia (reformismo/revolución), impera ahora el espesor de la cosa, el fetichismo de la mercancía convertido en quincalla de estrellas rojas, costo e imágenes del Che. Es la categoría marxista de alienación que, lanzada contra la burguesía, retorna ahora como un boomerang y… se estrella en la cara del okupa.

Pero analicemos algunas de las consecuencias de esta determinación substancialista, significante, opaca y empírica de la identidad del yo progre.

La autopercepción subjetiva del energúmeno antifascista

La pertenencia a un grupo basada en puros significantes morales puestos en circulación por el mercado y por lo tanto vacíos de contenido (cualquiera puede vestir de una determinada manera y adoptar ciertas consignas o escuchar determinados grupos musicales) tiene consecuencias devastadoras en la autopercepción que el progre experimenta de sí mismo y en sus pautas comunicativas.

Muy importante en este sentido es lo que denominaré “falacia autoperceptiva de las intenciones”. Significa que, una vez identificado como miembro del grupo, uno es “bueno” independientemente de los actos que perpetre porque su intención gratuitamente autoimputada define su ser-cosa. Las críticas a los miembros de la comuna tribal tienen carácter técnico, táctico o estratégico, pero no atentan contra la substanciación ontológica del yo progre (=deseo=placer=bien). Por ejemplo, uno (das Man, en el sentido heideggeriano) se considera heredero de un sector político que ha asesinado 100 millones de personas, pero esto no resulta significativo porque “todo el mundo comete errores” (respuesta a una encuesta que realizamos en Indymedia Barcelona a lo largo del año 2005). Cuando uno pertenece al grupo-tribu tiene buena intención y, si ése es el caso, ocurra lo que ocurra, incluso el mayor genocidio de la historia de la humanidad, en última instancia siempre estará justificado. Es el fenómeno de la hiperlegitimación, patente de corso para toda clase de abusos y hasta de crímenes.

A la inversa también funciona. Cualquier actuación honesta atribuible a los otros –a la imagen del Otro alucinado como “fascista”- será sólo una maniobra para obtener poder, prestigio, engañar al pueblo, etcétera. El adversario político que actúe de forma coherente con unos principios éticos como el respeto a la verdad, a los derechos humanos, etcétera, lo hace, según el yo progre, con segunda intención, busca propaganda, miente... Semejante paranoia política coagulada en ideología es la consecuencia inexorable de la correlativa imputación del mal absoluto a cualquiera que no sea miembro de la comuna.

De esta manera, las personas y los grupos no son juzgados por lo que dicen o hacen, sino a partir de un poder mágico que distribuye certificados de autenticidad progresista o excomunicación social. El yo progre es el verdugo que ejecuta la sentencia de muerte civil a partir de esta imputación de intenciones. Ahora bien, ¿cómo se conoce la “intención” de alguien y, sobretodo, cómo la justifican los izquierdistas radicales? Pues, de ninguna manera, la asignan a partir de indicios, es decir, de otros significantes, tan vacíos e intercambiables como los que definen su propia identidad, pero de signo opuesto.

La falacia de las buenas intenciones

Estamos ante un poder de inspiración, divino, esotérico, chamánico, que etiqueta y cataloga (fascista/no fascista) las voluntades y, por ende, la identidad metafísica del otro. Del iluminismo hemos pasado a la iluminación –auspiciada por determinadas sustancias (LSD, heroína, coca…). No hacen falta demostraciones, ni pruebas, ni veracidad. La sentencia está ayuna de fundamento, la hace cada progre, guarro u okupa sólo leyendo una crítica, un argumento que se sale del dispositivo de consignas aceptadas en el seno de lo políticamente correcto, observando un atuendo, constatando una profesión, etcétera. Es decir, insistamos en ello, desde puros significantes abstractos adscritos al interlocutor.

Ahora bien, la señalada imputación de intenciones, esa facultad paranormal, pseudo religiosa y adivinatoria de que goza el okupa, siempre favorece a quién la utiliza, permitiéndole eludir toda crítica, de manera que el miembro de la contracultura no necesita formarse intelectualmente, ni razonar, ni saber realmente de qué está hablando. Aunque este fenómeno produce una izquierda radical terriblemente engreída e ignorante, no importa. De hecho, se trataba de eso, a saber: de barrer la racionalidad “burguesa”. La contracultura es una anticultura, no necesita pensar, le basta con lo que ella denomina contrainformación, a saber, una montaña de consignas vacías de contenido y la voluntad consciente de mentir sin escrúpulos. Pero ya sabemos que ha renunciado a la inteligencia, a la documentación, a la ciencia…, y es que disfruta del poder soberano y cuasi sacerdotal de administrar esencias absolutas. El suyo es un argumento ad hominem, que vulnera toda lógica, pero tanto da, porque la lógica es “represiva”, como la gramática y hasta la ortografía. Una vez ha descubierto el poder mágico de la palabra “fascista” para liquidar todo lo que le molesta, osa responderle o le puede privar de sus placeres, el progre, el pijo okupa y el delincuente ácrata ya no necesitan nada más para alcanzar la paz espiritual, como no sea su ración diaria de sustancia idiotizante.

Aquello que realmente importa en el nido del cuco comunal es ser antifascista, vivir en el lado correcto del cosmos, un privilegio que goza del valor añadido de ser a la vez transgresivo (=rebelde) y bienpensante. Se está en contra de “todo (el mundo)” (pues todo sería para él fascista, menos el grupo) sin ningún riesgo, porque “todo (el mundo)” está –en realidad- en contra del fascismo. Así, el energúmeno grupal goza de la emoción de la rebeldía, pero no corre el riesgo de quedarse solo y tener que vérselas realmente con un universo hostil (hoy, esta situación sólo la conoce de verdad el fascista).

La hiperlegitimación del crimen

Los miembros de la comuna, sin excepción, cuentan por tanto con esa prerrogativa única, en virtud del cual se establece que ellos, ellos, siempre tendrán “buenas” intenciones, y los otros, por definición los fascistas (=el resto del universo), siempre las tendrán “malas”. Visto que lo que importa son siempre las intenciones y no los hechos o la validez del razonamiento, no es menester entablar ningún debate con el grupo, porque ellos ya han refutado de antemano al Otro pase lo que pase. Ellos tienen razón (?) por lo que son, no por lo que dicen o hacen. Y el adversario está siempre equivocado por lo que es, no por un dato objetivo. A partir de este momento, empero, la comunicación, el lenguaje, ha muerto, a menos que el otro se allane ante al energúmeno. En el derruido lugar del diálogo aparece la difamación, el insulto, la amenaza y la agresión física.

En efecto, todo debate es imposible, porque, independientemente de las razones, hechos probados y documentos que el otro aporte, al margen de lo que demuestre, se alza, insuperable, inmenso, el problema de su ser. El progre es la utopía (el orgasmo colectivo=el bien absoluto) y el Otro es el fascismo (=la muerte=el mal absoluto). El diálogo termina siempre en una acusación, en un juicio, en una diabolización, por un lado, y en una (auto) canonización laica, por otro. Y siempre, en la base del dispositivo anti-comunicativo, la postulatoria imputación de voluntades admirables a sí mismo, perversas al interlocutor y la reducción subsiguiente de toda la argumentación a una refutatio ad hominem independiente de la información que el crítico –previamente criminalizado- haya podido esgrimir.

La izquierda radical ha perdido así la capacidad de razonar, de ejercer la crítica, que era su propia esencia. Intelectualmente, babea bajo los efectos de la mierda. Pero, desde el punto de vista ético, es todavía más repugnante. En efecto, por Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis, sabemos que la mente humana incluye un determinado quantum de pulsiones agresivas, producto de una evolución biológica basada en la competencia violenta entre las especies y en la lucha por la vida. Dichas tendencias heredadas son objeto de un control psicológico, normativo y penal por parte de la civilización, pero no por ello dejan de expresarse y descargarse en la realidad, so pena de volverse contra la propia psique si ésta no es capaz de sublimarlas. La contracultura, precisamente, define el “fascismo”, el mal absoluto, en términos de descarga de pulsiones agresivas: así interpreta el militarismo, el racismo, la homofobia, etcétera. El problema de la agresividad es que el sujeto no puede manifestarla sin sentimiento de culpa en el marco de la civilización. De ahí el cine y la literatura violentos, o el fútbol, representaciones alucionatorias y catárticas del deseo de hacer daño que permiten gestionar un cierto equilibrio libidinal en la psique de la masa. Sin embargo, por otra parte, y en nombre de la transgresión de las normas, la contracultura ha desarrollado todo un culto al marqués de Sade y ha acuñado doctrinariamente las coartadas oportunas para ejercer lo que denomina la “violencia revolucionaria”, que incluye la tortura y la ejecución sumaria de unos seres privados de derechos, los presuntos fascistas. El antifascismo sería así muy útil para la descarga de la libido agresiva sin sentimiento de la culpabilidad. El radical, por ejemplo el etarra, ejerce como criminal nazi con buena conciencia y se labra una solución mágica –ergo harto irracional- a los problemas generados por sus “pulsiones de muerte”, a saber, identificar un chivo expiatorio que cargue con sus problemas personales o sociales y, ante todo, con las contradicciones (la soledad, el dolor, la enfermedad, la muerte, etcétera) inherentes a la existencia humana.

Así, hagan lo que hagan unos y otros, el hablante, si es miembro del grupo-tribu comunal, ya se adscriba el centro social ocupado, al movimiento por la paz o a la banda terrorista, siempre disfruta de una coartada irrefutable para justificar los actos más aborrecibles. Puesto que él pertenece a los “buenos”, a los representantes de la utopía, tiene derecho a todo. El yo progre puede perpetrar cualquier clase de fechorías: sin menoscabo del comentario sobre lo acertado o desacertado del estropicio (p.e.: la masacre de Hipercor), él sigue siendo “bueno”, visto que ya lo es esencialmente. Los “fascistas”, en cambio, es decir quienes no forman parte de la comuna grupocéntrica, no cometen “errores”, “excesos”: sus crímenes son su esencia y definen la naturaleza ontológica del ente ajusticiable per se, el cual, por lo tanto, como el judío para los nazis, sólo merece desaparecer.

Es por este paradójico motivo que, en la conciencia colectiva de la contracultura, 5,1 millones de judíos valen más que 100 millones de “fascistas”, presuntos o reales, exterminados en nombre de la utopía (=felicidad u orgasmo escatológico de las masas). Y es que los “fascistas” no sólo exterminan, tienen la constitutiva y estructural intención de exterminar, conciencia perversa que es, además, su esencia diabólica e inhumana absolutamente merecedora del máximo castigo, a saber: la anihilación pura y simple, precedida de su lúdica tortura –pensemos en Ortega Lara- por parte de los sacerdotes del placer. Los crímenes de los fascistas son “más” crímenes y, en definitiva, los únicos crímenes, puesto que no se realizan en nombre del bien, es decir, de “la felicidad” (=orgasmo, colocón, etc.) del mayor número, sino de entidades ficticias y perversas como Alemania, la raza aria, el Estado, la ley, la civilización u otras análogas inventadas por la entidad perversa responsable de la muerte. De manera que cuando se les asesina o extermina a ellos, a ellos o a los acusados de “ser” ellos, los “fascistas”, no importa la cantidad o el sadismo, visto que la intención de matar fascistas (“matafachas, oi?”) sería siempre litúrgicamente legítima por definición en el seno de este circulus in probando delirante e irracional.

Inmersos en semejante mundo mágico, ritual, tribal, que se resume en el dogma yo=superior, el otro=inferior, se critican, por ejemplo, las políticas denominadas de exclusión. Y sobre la base de esa crítica, se perpetrará la más radical exclusión, puesto que no depende de otro motivo que del “deseo” progre. Estamos, pues, en el puro racismo de facto, en aquel mundo abyecto donde los nazis negaban la validez de lo que el judío dijera por el simple hecho de ser judío y no por la incongruencia lógica de un enunciado, mientras admitían la absurda posibilidad de una física “aria”.

La cosificación del sujeto

La contracultura ha arrastrado a la izquierda radical a un territorio apolítico fundado en la identidad grupal de mercado y, a la vez, en una conciencia petrificada, es decir, en una extrema cosificación externa a base de significantes hipostasiados intercambiables (fetiches, logos), cuyo correlato subjetivo es una interioridad meramente psicológica drenada de todo vínculo con la validez. Así, el LSD –o cualquier otra sustancia psicotrópica- es una cosa, un objeto, pero al mismo tiempo es también un estado de conciencia, un sujeto y, en tercer lugar, un valor, un rango existencial en virtud del cual uno se distingue frente a la pedestre conciencia burguesa… de papá. Significantes-fetiche por un lado (modas, objetos de consumo en el mismo plano semiótico que el famoso cocodrilo de la marca Lacoste) y significados huecos, por otro (intenciones del alma y vacuas pretensiones axiológicas), entrelazados por pautas de conducta cosificantes como el estar colocado (nexo significante-fetiche/significado-utopía hedonista). Emblemas privados de referente entitativo que se reenvían a significados ayunos de correlato real, deliberadamente alucinatorios. Meros atentados a la conciencia trascendental (la “subjetividad constituyente” teorizada por Husserl) o, en términos políticos: a la persona en cuanto fundamento de la ciudadanía. Estados de la mente desprovistos deliberadamente de todo anclaje en el principio de veracidad (sospechoso de conducir a la muerte). Ahora bien, nada de esto es ya izquierda, porque la ilustración implica que los individuos y los grupos son juzgados y valorados por lo que hacen, de manera transparente, aportando pruebas y fundamentando los razonamientos morales o políticos en principios universales de ética, es decir, respetando el diálogo y la contradicción, remitiendo los discursos a una objetividad que, empero, ha sido expresamente extirpada del universo simbólico izquierdista.

El sistema liberal ha integrado a los radicales mediante la sociedad de consumo. Ha transformado la transparencia y luminosidad racional de la izquierda socialista originaria en opacidad empírica. La ha positivizado como grupo constituido desde la cosa (fetiche) y la sustancia cosificante (psicotropos) en el individuo rebajado a la categoría de mera psique. Ha vuelto del revés como un calcetín el proyecto ilustrado: la luz de antaño significa ahora querer estar ciego (“pillar un buen ciego”). Así, se es más progre por ostentar un pañuelo palestino o ser amigo de ETA que ejerciendo la crítica del genocidio perpetrado por los comunistas. Ya veremos el porqué: las conexiones entre la contracultura y los intereses del liberalismo.

Esta situación representa la definición misma del horror desde el punto de vista ilustrado, pero tiene un sentido en el mundo mercantil de la rebeldía de marca, reconducido a la ley de hierro económica y a los principios del mercado que los teóricos liberales han definido como hostiles a la razón “planificadora” socialista. La subcultura de la transgresión es una bomba liberal que ha destruido desde dentro la cultura de la razón en el seno de la izquierda. Hollywood ha subvertido los patrones de conducta y los valores que definen la ilustración progresista. Hollywood, es decir, la extrema derecha judía.

Pero ha hecho más: ahora sabemos que alguien es de izquierda radical porque olemos a porro y pies sucios, porque el energúmeno, cuyo modus operandi es el de un auténtico perdonavidas, viste de una determinada manera y expresa sus odios a través de determinados mitos cinematográficos. Está muy convencido de su pertenencia al bien absoluto, se siente hiperlegitimado, no duda ni un momento de su intangible superioridad humana. El insulto, la amenaza y la agresión van uno detrás de otro en cuestión se segundos. Se considera muy transgresivo, pero precisamente por eso se pone en evidencia que el sistema de mercado, que basa sus negocios en la transgresión (=moda) para renovar constantemente el ciclo de consumo, ha hecho con este polichinela lo que ha querido. Será así idéntico a la extrema derecha en el significado, pero antifascista en el significante. De manera que, como cualquier matón skin, el guarro tiene muy buena conciencia y una fortísima convicción de su derecho a matar.

Ultraderecha y extrema izquierda, tribu skin y tribu okupa: por ahí empezamos a identificar las auténticas dimensiones de la estrategia liberal que ya entreveró Marx en su crítica del anarquismo (de este aspecto ya nos ocuparemos en su momento).
El colapso intelectual de la izquierda

Esta ruptura de la conciencia izquierdista entre la subjetividad vacía de las intenciones gratuitas y la cosificación estética del grupo, sólo unida por el flotante yo cosificado de la sustancia-sujeto, la droga, el éxtasis sexual o el sacrificio de la víctima (el “fascista”), da como resultado el “colapso intelectual de la izquierda”.

Tomemos como ejemplo un caso bien reciente, a saber, el de Xirinacs. Después de plantear a gente intelectual y solidaria qué hacer con unos crímenes que como izquierdistas radicales arrastran hasta la mismísima actualidad (con el apoyo público a un individuo que se solidariza con ETA, en lugar de hacerlo con las víctimas del tiro en la nuca) se llega a la conclusión de que la izquierda justifica para sí misma todo aquello que rechaza como fascismo siempre que provenga de otros sectores políticos

Y lo justifica de tres maneras: 1) con el apoyo y la legitimación explícitas; 2) con la justificación tácita basada en el silencio y el olvido de las víctimas sacrificadas en todo el mundo en nombre de las utopías hedonistas; 3) negando los hechos; 4) consagrando la jerga antifascista, es decir, la que se utilizó para “argumentar” el exterminio de los adversarios políticos, acusados todos ellos del elástico delito de ser “fascistas”.

Así pues, la izquierda justifica la censura, la tortura, el terrorismo, la dictadura y el genocidio, que son, a la vez, la definición que ella misma da del fascismo. Justifica todo eso cuando, en el seno del colapsado discurso progre, A pasa a ser no-A, vulnerando la norma básica de la racionalidad y abriendo así la puerta a la barbarie.

La derrota del pensamiento

Ésta es la conclusión a la que llega cualquier persona honesta después de ver cómo banalizan los izquierdistas el genocidio de 100 millones de personas (en el caso de los nazis les caerían 5 años por incitación al odio racial, pero tratándose de la izquierda el sistema lo permite y hasta lo subvenciona, véase la canonización de Carrillo); cómo, en otros casos, lo admiten y lo justifican, diciendo que es lo que “hay” que hacer con los “fascistas” (pensemos, por ejemplo, en la Associació de Tir al feixista, cambiemos “feixista” por “judío” y tenemos un proceso criminal, pero si es “feixista” se permite y hasta se fomenta en el Camp Nou mientras, al mismo tiempo, se estigmatiza a un directivo por ser miembro de la Fundación Francisco Franco); cómo, en otros casos, no sólo lo legitiman y lo fomentan, sino que incluso te insultan y te amenazan con aplicarte a ti, autor del post, los rigores de la justicia revolucionaria.

ETA ha asesinado a mil personas, incluidos niños que cometieron el error de ser hijos de guardia civiles. Lo lógico sería estar, si uno es de izquierdas y cree en la justicia, del lado de las víctimas. Pero no, ellos se solidarizan con los asesinos y cuando los solidarios van a la cárcel, montan un enorme revuelo y se “manifiestan” por esa misma libertad de expresión que niegan al resto del universo. ¿Ocurre esto porque son nacionalistas? No, no nos equivoquemos, ocurre porque descienden de idéntica ralea intelectual y moral que los comunistas convictos y confesos que ellos mismos admiten ser.

Un mundo al revés: dicen estar contra las cárceles, pero allí donde llegan al poder lo primero que hacen es organizar el sistema penitenciario más grande del mundo (los gulag) y encerrar dentro a medio país.

Dicen estar a favor de la paz y hasta del “amor”, pero justifican la violencia (que ellos llaman violencia revolucionaria, un tipo especial de masacre exento de peaje moral) y todas las carnicerías contra sus adversarios políticos, incluido el exterminio en masa de inocentes.

Dicen estar contra las torturas, pero cuando pueden te montan un dispositivo de checas y el primer horno crematorio del mundo occidental (en la calle Sant Elíes de la ciudad condal) destinado a eliminar los cuerpos de las víctimas, algo de una perfección tan perversa que los propios nazis se admiran y vienen a Barcelona a hacer cursillos (el gran maestro era Lenin, por supuesto, no Stalin, como nos quieren hacer creer para, a renglón seguido, vendernos la moto ideológica con aquello de que el tipejo era, “en realidad”, “fascista”).

Dicen estar a favor de la democracia, pero curiosamente la definen como una… dictadura, aunque, eso sí, del proletariado (=comité central del partido=secretario general del partido=yo absolutamente bueno), algo tan extraño que para entenderlo hay que transformar la mente y el alma haciendo todo tipo de contorsiones morales e intelectuales a fin de poder intuir, en un estado de delirio extático, el concepto de “verdadera democracia”, es decir, el poder absoluto de un miserable tirano. Y es que la tribu, la comuna, el grupo contracultural por un lado y la banda terrorista por otro, es lo que queda del partido en estado de descomposición drogodependiente/orgiástico tras la ruptura interna de significante y significado, sujeto y objeto, hecho y validez, con el consiguiente cortocircuito lógico-discursivo.

George Orwell, en su novela sobre la izquierda radical 1984, definió el colapso intelectual de la izquierda como “doblepensar”. Orwell dio en el clavo, fue al fondo del asunto. Así, la izquierda radical sería una especie de patente de corso que permitiría:

Matar por la paz y la no violencia.

Torturar en nombre de los derechos humanos.

Censurar por mor de la libertad de expresión.

Ser solidario declarándose amigo de los verdugos e ignorando a las víctimas, niños incluidos.

Exterminar poblaciones enteras y perpetrar genocidios para evitar que “Auschwitz” vuelva a repetirse.

Su mayor enemigo, y de ahí el colapso intelectual de la izquierda, es la lógica, la razón, la limpieza moral y espiritual que dice que un genocidio es un genocidio (A=A, principio de identidad y fundamento de la lógica, del pensar racional).

Algo muy simple contra lo que sólo queda el insulto, la amenaza y la censura para empezar, y el exterminio en un campo de concentración o el atentado terrorista para terminar.

Hacia el socialismo

Finalmente, conviene añadir que esta izquierda radical no es la izquierda ilustrada originaria, ni siquiera la izquierda socialista, sino la absoluta subversión de la idea misma de progreso humano. Para nosotros, la izquierda hay que buscarla entre los trabajadores, las familias, los estudiantes, no en el mundo marginal de la delincuencia, la locura y, en general, en aquello que Marx denominaba el lumpen.

La izquierda contracultural, que de forma voluntaria perdió contacto con la realidad del pueblo ya en mayo de 1968, es un instrumento del capital financiero internacional para mantener en perpetuo estado de postración el espacio político del radicalismo socialista.

En otro documento nos referiremos a la izquierda socioliberal, burguesa o naranja, aquella que, en el mundo de la política de partidos, ha puesto los símbolos de la tradición obrera al servicio de la derecha económica. Por el momento, baste constatar un hecho obvio: que la socialdemocracia ya nada tiene que ver con el socialismo y que sus conexiones con la izquierda radical analizada en el presente texto son tan graves, que bastan para interpretar de dónde procede la gigantesca maniobra de agresión que el proletariado europeo está sufriendo en estos momentos y, sobretodo, la indefensión de los ciudadanos de nuestra patria (Europa) ante esta ofensiva capitalista, fundamentalista y neoliberal a escala mundial.


Jaime Farrerons
20 de enero de 2006
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Las moléculas se deshacen... otras se forman... un proceso formidable, de fisión, combustión, reconstrucción, combustión corpuscular al término del cual aparecen productos de síntesis de carácter inédito.
Pues bien, en eso estamos, Europa "mutatis mutandis", está en este punto. No regresa, inventa. No rumia, improvisa. No repite fórmulas antiguas: las quema, las hace astillas y de sus fragmentos combinados, hace de ellos nuevos productos nunca antes conocidos.
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Old Thursday, July 26th, 2007
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Eu queroche tanto, e aínda non o sabes...
 
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Default Re: ¿Qué significa hoy ser de izquierdas?

¿Qué es la izquierda en sí? Básicamente lo que rodeaba la Internacional Socialista, de inspiración marxista, y sus hijos bastardos que abrazaron el capitalismo y se convirtieron en la actual Socialdemocracia o Socialismo europeo.

La izquierda siempre se ha considerado no sólo como la máxima defensora de los derechos sociales, sino como la única defensora de ellos. Cuando la realidad es que siempre han existido movimientos obreros y distintas clases de socialismos alejados de la izquierda, por ejemplo el Socialismo cristiano, y no, no hablo de la Teología de la liberación ni de los demás movimientos marxistas que se autodenominan "católicos" o "cristianos".

Los movimientos marxistas están destinados al fracaso desde su mismo nacimiento, ya que su principal pilar es que todos los hombres somos iguales, el igualitarismo radical.

Si bien yo soy de la opinión de que todos los hombres deben tener unos mismos derechos fundamentales, no soy tan inocente ni estúpido como para negar la desigualdad de la especie humana, no sólo en términos raciales (que también), sino incluso dentro de una misma unidad familiar o tribal.

La jerarquía dentro del mundo animal (que es lo que somos a fin de cuentas), es algo establecido por la naturaleza, y la aceptación de esta jerarquía, supuso el triunfo del fascismo (también un tipo de socialismo), allí donde los marxistas fracasaron.

Volviendo al tema principal, conocido el fracaso de la izquierda clásica debido a su ideología marxista-igualitarista, su reforma y adopción de un capitalismo supuestamente moderado, fue su única salida para su supervivencia. Y aunque se haya podido traicionar a sí misma en el aspecto económico, sigue manteniendo la doctrina igualitarista.

Si bien antes podían tener algo de perdón, ya que sus reformas sociales se basaban (en teoría) en intentar mejorar el nivel de vida del obrero con una ideología inútil, hoy en día la izquierda ha dado de lado a la sociedad a la que supuestamente sirve, para desarrollar su igualitarismo entre sectores marginales como los inmigrantes, los homosexuales, los delincuentes, y sí por qué no decirlo, los vagos y maleantes.

No sólo ignoran a los ciudadanos honrados y trabajadores, sino que colaboran en la destrucción de nuestra sociedad. La izquierda, entre otros, debe ser destruída para la supervivencia de nuestra sociedad.
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CON LA TRADICIÓN DE LAS ESPAÑAS FORALES NO SE JUEGA
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Old Friday, July 27th, 2007
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Originally Posted by Galaico View Post
...

Los movimientos marxistas están destinados al fracaso desde su mismo nacimiento, ya que su principal pilar es que todos los hombres somos iguales, el igualitarismo radical.

...
Es que no puede haber mayor perversión ni mentira que ese igualitarismo.
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¿Qué significa hoy ser de izquierdas?
Absolutamente nada. Tampoco lo de ser de derechas.
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Originally Posted by Galaico View Post
Los movimientos marxistas están destinados al fracaso desde su mismo nacimiento, ya que su principal pilar es que todos los hombres somos iguales, el igualitarismo radical.
Según Gustavo Le Bon el igualitarismo es falso en tres planos.

1-Desde el momento en que un ser nace y crece, pues el hombre nace y se hace diferente.
2-En lo biológico, los hombres son todos diferentes, una diferencia que reside en la herencia biológica, irrenunciable e inmutable.
3-En lo mental, ya que las potencialidades intelectuales son en gran medida hereditarias y se distribuyen de forma desigual.

Realmente en España la "Derecha y la Izquierda" son distintas caras de una misma moneda, a veces hasta se solapan y ambas son pulgas del Capitalismo,si bien la Izquierda tendría más delito viendo su supuesto carácter "Revolucionario".

El PSOE se radicaliza: "cada vez somos más de izquierda"

A ver cómo conjugan el progresismo, el "buenismo" y la venta de armas.

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Originally Posted by Plethon
Absolutamente nada. Tampoco lo de ser de derechas.
"Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral." - José Ortega y Gasset
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Old Monday, February 4th, 2008
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Psicopatología del antifascismo. Análisis de una enfermedad del alma


Infokrisis.- Amadeo Bordiga, secretario general del Partido Comunista Italiano en los años 20 y disidente del stalinismo decía literalmente: “Lo peor del fascismo será el antifascismo”. Esta sentencia queda confirmada por el seguimiento de las páginas “antifas” de la web. Hasta la aparición del Internet, el antifascismo era un residuo impenetrable al que solamente sus últimos mohicanos prestaban atención. Internet lo ha convertido en la ventana abierta de una patología social, relativamente compleja en unos casos y más simple que el mecanismo de un botijo en otros. Hela aquí expuesta para los lectores de infokrisis.

Pero ¿qué es el fascismo?

Hablando con propiedad, el fascismo fue el movimiento político italiano creado por Benito Mussolini de procedencia socialista, por los futuristas y por los nacionalistas italianos después de la Primera Guerra Mundial y que gobernó Italia durante 20 años, cohabitando con la monarquía de los Saboia y teniendo una prolongación de apenas dos años en la República Social Italiana. Así pues, históricamente no hubo más fascismo que éste.
Desde el punto de vista de las tipologías políticas se conoce por generalización abusiva como “fascismo” a los movimientos que, en líneas generales, tienen un alto grado de similitudes con el fascismo italiano y en esto entran movimientos muy diversos, todos los cuales tienen como características comunes: nacionalismo, movimiento de masas, interclasismo, respuesta al comunismo y voluntad de llevar a la práctica una política social avanzada que pudiera rivalizar con la agitada por la izquierda. Las componentes de estos movimientos, que se dan en todas las formas de fascismo, proceden de sectores de la izquierda, de la burguesía y de los excombatientes de la Gran Guerra. Debemos al profesor Zeev Sternhell un formidable estudio sobre estos movimientos en su libro “Ni derechas, ni izquierdas”, no traducido en España y del que hace unas semanas publicamos en infokrisis un capítulo.

La tesis de Sternhell afirma que el roce con el poder y el ejercicio del poder, contaminaron al fascismo y lo desviaron de su esencia original. Por tanto, no es en Italia ni en Alemania donde puede estudiarse formas químicamente puras de fascismo, sino en Francia donde éste movimiento no llegó al poder (y por tanto, no rectificó su línea según las componendas necesarias en toda gestión del poder), pero sí tuvo una larga gestación ideológica muy anterior que se inicia con disidentes del socialismo (desde Proudhom a Henry de Man), con la aparición del nacionalismo integral de Maurras y con los llamados “no conformistas de los años 30” (el grupo Ordre Nouveau, Esprit, etc.). Para Sternhell no hay duda de que el fascismo fue un movimiento político de nuevo cuño, alternativa a la derecha y a la izquierda. Debemos recordar que el esfuerzo de objetividad en Sternhell es todavía más apreciable en la medida en que es de nacionalidad judía y profesor de la universidad de Tel Aviv.

Pero existe una tercera forma de fascismo, que más que una catalogación política o ideológica supondría un adjetivo de propaganda lanzado contra tal o cual adversario. Se sabe, por ejemplo, que contra más virado a la izquierda está un partido, más amplio considera el espectro “fascista”. Para HB “fascismo” es, desde el PSOE hasta la falange, pasando por el PP, el PNV y el turista que pasaba por ahí y que no había sido recibido con un aurresku. Antes de la II Guerra Mundial vimos a los estalinistas llamar “social-fascistas” a los partidos socialdemócratas y, por extensión, fascismo sería toda forma de anticomunismo o de actitud de prevención contra el comunismo.

Quienes consideran la primera definición de fascismo se centran en el análisis histórico rigorista; quienes asumen la segunda, preferencialmente, contemplan los aspectos ideológicos y doctrinales del fascismo. Ambas son posturas razonables que no presuponen una adhesión a los principios del fascismo ni a ninguna organización fascista. Es la tercera opción de la que ha salido el antifascismo entendido como psicopatología, esto es “enfermedad del alma” o “perversión de la mente”.

Si usted es “antifa”, usted tiene un problema

Seamos claros: hasta la caída del Muro de Berlín, ser anticomunista implicaba denunciar a un sistema que había recluido a su población en la miseria y creado el universo concentracionario más grande de la historia, que amputaba las libertades políticas y que ni siquiera era capaz de avanzar decididamente por la vía del desarrollo. Si el comunismo era la quintaesencia de la dictadura… el stalinismo era la forma más perversa y degradada de dictadura. El ciclo del comunismo duró desde 1917 hasta el 9 de noviembre de 1989 cuando las masas saltan sobre el Muro de Berlín y desaparece la República Democrática Alemana.

A partir de ese momento, ser “anticomunista” empezaba a ser algo obsoleto y periclitado. En la Francia de hoy donde el otrora poderosísimo PCF es un despojo o en España en donde los herederos del PCE se preocupan solo del carril bici y de la memoria histórica hemipléjica, ser anticomunista es una resaca de un movimiento político que se extinguió hacia 1989, hace sólo 18 años. Pero es que el fascismo histórico desapareció en 1945, hace la friolera de 62 años.

Por tanto, en la mentalidad de quien se define como “antifa” hay algo averiado y sombrío. Que el antifa no es el único sometido a la patología social que vamos a definir es claro y cristalino. Determinadas formas de antisemitismo entran también dentro de la misma patología. La diferencia estriba en que en Palestina sigue habiendo matanzas, que el poder del judaísmo norteamericano está en el origen de las peores maniobras expansionistas de aquella potencia y que, dos mil años de recelos del catolicismo hacia el judaísmo no se extinguen en unas décadas.

Antifascismo uno y múltiple

El antifascismo es un fenómeno único en la historia reciente de las ideas. De hecho, ya hemos dicho que no es una idea, sino una “patología del alma”. De la misma forma que se utiliza el concepto de “Síndrome de inmunodeficiencia Adquirida” para etiquetar a un paquete de distintas enfermedades que pueden o no manifestarse en el aquejado por determinado virus, el antifascismo aparece solamente en organismos en los que el virus de lo políticamente correcto ha calado hondo. Y, por eso mismo, se manifiesta de distintas formas, unas son razonables y otras son extremas y, por tanto, equivalentes a los peores estragos de una enfermedad terminal.

Lo importante, en cualquier caso, es señalar que el antifascismo sólo aparece en mentes aplanadas (y aplatanadas) por lo políticamente correcto y sólo en ellas. Una mente que trabaja con parámetros aceptables de racionalidad, lógica, sentido común y capacidad para encadenar silogismos, nunca aceptará ni el pensamiento único, ni lo políticamente correcto.

Así pues, en toda forma de antifascismo hay una renuncia: a esforzarse en ir más allá del límite marcado por lo políticamente correcto, como si esa frontera fuera un finís térrea, más allá del cual solamente existe un territorio incógnito que más vale no adentrarse ni conocer. Lo políticamente correcto son las lentes correctivas que, hechas con la montura del apriorismo, impiden ver la realidad tal cual es, esto es, con objetividad.
Existen tres tipos de antifascismo:
1) El antifascismo inercial: es el propio del ciudadano medio que sigue pasivamente la política, no se preocupa ni por adoptar una posición activa –salvo en muy determinadas ocasiones, siempre en episodios de masas– ni por las causas últimas, le basta con que los “líderes de opinión” sean más o menos antifascistas como para adherirse a esa corriente general. A fuerza de oír hablar de “fascismo” y de identificarlo con el mal absoluto, su falta de energía mental le lleva a aceptar la consigna atribuida al Gran Hermano: “No pienses, el gran hermano piensa por ti”. Y el Gran Hermano dice que el fascismo es malvado, por tanto, hay que condenarlo. Es una forma de ser antifa, pero sin ejercerlo. Una parte sustancial de la sociedad está aquejada de esta enfermedad del alma que, en el fondo, no es sino una forma de pereza trasladada al plano de las ideas.
2) El antifascismo político: es mucho más consciente que el anterior, habitualmente es utilizado por los agitprop de los partidos para lanzar la acusación de “fascista” sobre el adversario. También por determinadas ONGs que tildan de “fascismo” a todo aquel que discute sus razonamientos. En el extremo más bajo de este grupo se encuentran gentes como Esteban Ibarra, paniaguado del régimen cuyos Informes Rayen sobre el racismo y la xenofobia incitan al escepticismo. Para Ibarra y su ONG “Movimiento contra la Intolerancia”, la prensa oculta la realidad: el fascismo está vivo y activo y ataca desde la sombra. No importa que le prensa no lo registre, cualquier llamada telefónica a la miserrima sede de su grupo (el dinero de las subvenciones no es para pagar una sede, sino para pagar… ¿a quién aparte de a Ibarra?) de alguien que dice que ha tenido noticia de que un primo de un cuñado, de un hermano del portero de la casa en donde vive el chico que sale con mi hermana, ha oído que en la discoteca en la que se emporra cada sábado ha habido una trifulca y un “pelao le ha metido dos buchantes a un nano que lo dejado cucufati”… Ese dato queda registrado en los Informes Rayen para mayor gloria del método científico y del periodismo de investigación. Resulta un misterio el porqué Ibarra no recorta cada día la prensa y no considera las agresiones de los Latin Kings y la media docena de tribus urbanas más como “agresiones racistas”, cotejadas por lo demás por miles de testigos, atestados policiales y demás. Es lo que tiene subvencionar a las ONGs, que luego están obligadas a demostrar que sirven para algo. Y, de hecho, Ibarra utiliza todos estos datos sesgados, surgidos de nadie sabe donde (¿para qué explicarlo? El fascismo es intrínsecamente perverso, por tanto cualquier cosa que se ponga en su debe es rigurosamente cierto e incluso resulta legítimo inventar episodios inexistentes para concienciar sobre el mal absoluto). A todo esto, Ibarra identifica sobre todo a los pelaos con fachas, algo, como mínimo, aventurado, erróneo, poco científico y distorsionado (valdría más calificarlos de “tribu urbana” en lugar de “movimiento político”) simplemente para justificar las generosas subvenciones de las que vive y que pagamos usted y yo, por cierto.
3) El antifascismo visceral: Ibarra es la sal gruesa del antifascismo político, pero luego está la sal petri (el guano, la mierdecilla excremencial, para ser más claro). Ibarra, en el fondo, tiene una razón profunda para su antifascismo: gracias a él puede extender la gorra y justificar la subvención, pero ¿y los que hacen del antifascismo el eje de su vida? Si le pedís a un ocupa que se defina políticamente, lo primero que os dirá es “Colega, yo soy antifa”. Luego habrá un largo silencio en el que percibiréis como único riesgo que la baba se le acumule y termine resbalando por el labio inferior de una boca en expresión perpleja y, como con la relajación de haberse fumado el último canuto. Eso es todo. La variedad superior es la que une independentismo a antifascismo. En este sentido vale la pena ver las webs de los independentistas catalanes y vascos en donde el primitivismo y el irracionalismo propio de todo nacionalismo (el nacionalismo es sólo víscera, sentimiento, emotividad y mitología ad hoc) se unen las consideraciones antifas. Para un independentista, facha es todo aquel que no se muestra del todo decidido a meter a un país en la centrifugadora. Alguien que hable castellano en Catalunya es un “facha” y, poco importa, si tiene argumentos suficientes como para negarse a aprender catalán o renunciar voluntariamente a hablarlo. Es facha y punto. Hace poco, yendo en el tren entablé conversación con el tipo de al lado, de aspecto suficientemente tosco y primitivo como para hacer de él un “objeto analizable de sociología práctica”. Era ocupa y hablábamos sobre lo caro de la vivienda. En un momento dado, afirma que “los fachas especulan con la vivienda”. Le pregunté que entendía por fachas, el espécimen sociológico se descompuso, me miró como a un extraterreste y balbuceó: “Los fachas, ostia, el PP”. A todas luces el PP tiene tanto de facha como la Vicepresidenta del Gobierno de Miss Mundo. El tipo funcionaba a base de porros y las cinco horas de tren eran suficientes como para que sintiera el síndrome de abstinencia al no poder fumar. Así que seguí adelante: “Y ¿hay muchos fachas en Barcelona?”. Me dijo que estaba lleno. Que cerca de su casa había un local. Vivía en Gracia así que no acertaba a intuir de qué local estaba hablando. Seguí preguntando hasta que, finalmente, me lo situó: “Si, cohone, el cuartel de los picos”. Vale. Los picos, la Guardia Civil también es facha. Lo más sorprendente es que la cosa no terminó ahí: también Artur Mas era fascista, e incluso Carod-Rovira y luego ya descendió a los abismos de la marginalidad: si, porque hay “ocupas” y “ocupas”; determinados ocupas también son “fascistas” pues no en vano se niegan a abrir sus casas a otros ocupas. La cuestión es que mi espécimen no era un caso aparte, hay muchos como él en la geografía ocupa de nuestro país. Ahí están en webs y en blogs. El hecho de que estén como las maracas de Machín y, en sí mismos, sean una muestra de los destrozos que ha causado el sistema educativo español, unido al consumo desmesurado de porros y a la falta de competitividad social, no implica que sean minorías exiguas.

Podríamos hablar de una cuarta variedad de antifascismo, minoritaria y, esta sí, exigua, que nos impide unirla a las tres anteriores. Es el antifascismo del que hacen gala algunos que conocen perfectamente el fondo ideológico del fascismo, pero temen mostrar su adhesión a él, o bien son conscientes de su incapacidad para ser fascistas. He visto periodistas que hubieran amado tener una vida aventurera como muchos de los “fascistas” a los que han conocido. Investigaban sus andanzas para sorprenderse de hasta qué punto algunos militantes que en los años setenta y ochenta seguían fieles al fascismo, eran capaces de asumir. Para estos el “vivir peligrosamente” era un estilo de vida, mucho más que una frase hecha o una consigna. Conozco más de media docena de periodistas que responden a esta característica, muestra excesivamente pequeña como para que de ella se pueda extrapolar una categoría universal.

Así mismo, he visto a otros militar en grupos fascistas en los años 60, hacerlo con obstinación y convicción ideológica, hasta el día en que llegaron a la universidad y percibieron que en aquella época o se era militante de izquierdas o resultaba imposible llegar a fin de curso sin ser agredido. Además, en aquella época, los grupos de izquierda, como reclamo principal, tenían chicas… había gente incapaz de ligar y de tener el aplomo suficiente para acercarse a una mujer, que solamente podía experimentar ese calor, en un grupo de izquierdas (claro está que a partir de 1977, el grueso de militancia política femenina se decantó hacia Fuerza Nueva especialmente en Madrid, coincidiendo esta decantación con la desmovilización de la izquierda militante). Muchos militaron en esos grupos de izquierda –y los pobres chicos de Bandera Roja, entre los que se encontraba Jiménez Lozanitos antes asumir el liberalismo como doctrina-, leyeron obras infumables de Nikos Poulantzas, de Debray, o las soporíferas resoluciones de la IV Internacional, simplemente para poder ir de intelectuales ante las ricashembras de la izquierda y llamar su atención recitando las mejores filípicas antifascistas. A todos estos –que no fueron pocos pero que ya no son– les podemos llamar “antifascistas por vía vaginal”. “Quico el progre” (el personaje ideado por el fallecido Perich) tenía mucho de esto y no era, desde luego, una caricatura, sino la quintaesencia de los pobres diablos que recorrían la hoy mitificada “oposición democrática al franquismo”

La psicopatología del antifascismo

El alma antifascista, hoy, en el siglo XXI, oscila entre el complejo de culpabilidad y la frustración. De hecho, el propio antifascismo –especialmente el de sal gruesa y el de sal petri– queda comprendido entre ambos.

Un complejo de culpabilidad consiste en albergar la íntima convicción en el subconsciente de que se es culpable (por cualquier motivo: por pensar como un proletario y vivir como un burgués, por no vivir de papá y de mamá, pero ser incapaz de demostrarles aprecio, estima y cariño, por solidarizarse con la última “lucha de liberación” que se da en el último rincón del globo, pero ser incapaz de ir más allá, de esforzarse algo más o de llevar la solidaridad hasta extremos concretos y apreciables, y así sucesivamente.

Hay un hecho sociológico que vale la pena señalar: la abundancia de cristianos comprometidos o de individuos que han recibido una educación cristiana, que pueden encontrarse en ambientes antifascistas. De hecho, todo el independentismo catalanista actual tiene una matriz boy-scout que deriva de órdenes religiosas que en los años 60-90 inspiraron a este movimiento y le imbuyeron valores “cristianos”.

Los cristianos “comprometidos” han sido educados en la noción de “pecado”. El pecado es una falta por acción, omisión, pensamiento, etc. Un ser humano, peca simplemente por el hecho de levantarse de la cama, cuando preferiría seguir descansando (pecado de pereza). La noción de pecado y la imposibilidad de escapar al pecado, induce a un complejo de culpabilidad permanente.

Habitualmente, los complejos de culpabilidad crean un descenso en la autoestima que puede llegar incluso a la depresión o al suicidio. Desde el punto de vista psicológico es fundamental que quien está aquejado de un complejo de culpabilidad sea capaz de reconocer, mucho más que de albergarlo en los corredores más sombríos de su psique. La vida psicológica sana y normal es incompatible con la existencia de profundos complejos de culpabilidad. El proceso mental con el que la mente se resguarda de los efectos deletéreos de estos complejos es mediante la sublimación de los mismos: “Si, yo soy culpable porque me mato a pajas… si, yo soy culpable porque no hago lo suficiente por los niños del Brasil, si, yo soy culpable por que el mundo sufre y yo estoy aquí tan contento viviendo de papá y mamá… pero –y aquí viene la sublimación– hay otros que son MAS CULPABLES QUE YO: los fascistas, por ejemplo”.

Este proceso de sublimación conduce a la primera forma de antifascismo psicológico. ¿Qué es un antifa? Muy sencillo: alguien que se sabe culpable de algo, que ha desterrado ese complejo a las profundidades de su subconsciente y que cubre esa culpabilidad forjando la imagen de alguien más “culpable” que él.

Peor luego está el complejo de frustración. Es normal que todos, en la vida alberguemos ciertas frustraciones. Tenía un amigo cuya mamá quería que fuera Papa. Lo juro. La criatura no llegó a monaguillo. La madre le había inducido durante sus primeros quince años de vida con tanto énfasis su “vocación de papable” que, el pobre hombre, todavía hoy, no puede evitar un evidente complejo de frustración que ha sublimado comiendo. Va por los 140 kilos y seguirá engordando hasta el estallido final. A otros antifas les pasa exactamente lo mismo.

Podemos establecer una diferencia por edades. Habitualmente, antifas de más de 50 años responden a las mismas características: divorciados –se casaron con aquella chica que estaba en la célula del partido que se pudieron, finalmente, llevar al catre explicándoles las teorías de Antonio Gramsci, cuando la chica, en realidad, necesitaba otra cosa mucho más directa y portentosa-, amargados, sus hijos no les hacen ni caso –les han educado esmeradamente según los principios de la progresía y ahí están dándole al canuto o pateándose la pasta de papá–, han visto como todos sus ideales, sin excepción, se han hundido: ni revolución proletaria, ni proletariado revolucionario, ni el socialismo ni el comunismo han demostrado nada particularmente esperanzador en España, ya no creen en reformas sociales, ni siquiera en horizontes esperanzadores a nivel personal, se les ha hundido completamente el marxismo, son conscientes de que han estado defendiendo un detritus ideológico por el que no valía la pena ni perder dos minutos, y ya no tienen grandes esperanzas.

Carecen de futuro, por tanto, miran solo al pasado. Su vida ha sido una frustración permanente. De aquel pasado ya no queda nada: algunos miembros del PSUC fueron ministros del PP, los que quedan en el PCE o en el PSUC es porque no han encontrado el mejor momento para pasarse al PSOE, donde estaba el “mogollón”, donde “se pillaba”. Y estos, todavía, siguen más amargados. Lo único que les queda de su pasado es el recuerdo de que el “antifascismo” daba un sentido a su vida hasta 1976. Hoy el franquismo no existe, pero en algún pueblo, en algún lugar recóndito de la geografía española, ellos están dispuestos a encontrar una placa de una calle con el nombre de un jefe de centuria de Falange caído en una ignota batalla. El antifascismo une en estas pobres y peripatéticas figuras, el eco remoto de su juventud con algo de lo que hoy todavía se habla: la memoria histórica, la culpabilidad del fascismo, etc.

Hay otros, los de sal gruesa, que ven las cosas desde otro punto de vista. Son los más jóvenes. Muchos de ellos no se sienten competitivos, son verdaderos fracasos, subproductos de las leyes de educación promulgadas desde 1973. Para ellos, el “facha” es el “triunfador” (sea quien sea: desde Artur Mas, Carod-Rovira hasta el nano del cocodrilo en la parodia del pijauta del PP). No es que conciban la lucha de clases entre explotados y explotadores, es que la han traslado al terreno del éxito o el fracaso. El éxito representa el “fascismo”. Por eso es odiado. La frustración lleva al odio incondicional, irracional, visceral, sin apelación. Esa falta de competitividad ideológico, personal, política, social, una característica demasiado evidente en todas las webs y blogs antifascistas.

Y luego están los antifas que, además, son independentistas. La pirueta de estos es notable: unen a la frustración personal, la frustración que atribuyen a una nación. La Catalunya que fue una parte del Reino de Aragón, no gana, batallas en solitario, desde el siglo XIII. Todas las conmemoraciones catalanistas lo son de derrotas, sublimando esas derrotas se oculta el complejo de frustración del independentismo. “El día que Catalunya sea libre, volverán los mejores tiempos” ¿cuáles? No importa, eso ocurrirá el día en que Catalunya sea libre. Entonces, la frustración desaparecerá porque no habrá con quien compararla. El independentismo reconstruirá la historia de Catalunya a partir de una única “victoria” a partir de la que se iniciará la “verdadera historia”: con la misma independencia. Es el viejo sueño mesiánico: la historia empieza conmigo, antes mío no hay nada. ¿Qué me impide ser yo mismo? La España fascista.

En realidad, el antifa independentista cubre el pasado mediante la reconstrucción de una historia ad usum delphini, y cubre el futuro (una Catalunya independiente es tan viable como un puesto de gominolas dentro de una clínica para diabéticos) situando el hecho triunfal de la independencia de Catalunya como un fin de la historia y una entrada en tiempos míticos en los que Catalunya “será rica i plena”.
Lo dicho ¿Es usted antifa? Muchacho, está usted como las maracas de Machín. Míreselo porque usted lo que tiene es un problema grande y no es precisamente el fascismo, sino su vida misma.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es